
Todo el otoño pasado tenía la querencia en el pico de Cotata, sin separarse mucho de la umbría de pinares que le daba la espalda, que cuando la madera valía, fue testigo de la laboriosidad de un valle pirenaico. La huella de las sacas sigue impresa en el bosque, aunque cada año la herida cicatriza mejor y dentro de poco, sólo los que lo conocieron sabrán decir que en esas laderas empinadas hubo un día una explotación comercial.
Estaba siempre solo, pastando mil veces sobre lo que ya tenía raído, y siempre lo miraba imaginando que en algún momento tendría que dar la cara algún acompañante. Un segallo no puede emanciparse sin sentido ni razón. Parecía confiado, a veces, llegaba muy cerca de él y más que espantarse se veía atraído por la curiosidad de la novedad. Aquel animal era oscuro, muy peludo y recortado, incluso para su edad. Le gustaba jugar y no era raro verle dando saltos anárquicos sin motivo alguno. Es como un niño que tiene que entretenerse en solitario y resulta gracioso para el espectador.
Cada vez que subo, busco a aquel segallo y como invariablemente nos encontramos, ambos nos miramos, primero con atención para después hacerlo rutinariamente, como se contempla el fuego o el infinito de la mar. Me siento, se confía y eventualmente, prosigo mi marcha en busca de sus semejantes, pero ya nos hemos dado los buenos días. Somos dos amigos solitarios que encuentran en los afilados vértices de las montañas su razón de ser. La caza es la gran farsa, la infalible coartada que tiene un cazador para abrazarse al instinto atávico que nuestros antepasados de la prehistoria conocieron hace tantos siglos, que nos parecen una eternidad, como si supiéramos juzgar la medida del tiempo en su auténtica dimensión. La relación histórica del hombre con la fauna es curiosísima, mezcla odios con amores, admiración con desprecio, esmero con expolios.
Ese segallo me inspiraba pensamientos de esta especie y desde que salgo de la ciudad, huyendo del maremagno imposible de la muchedumbre, de la frivolidad insulsa de vidas vacías, imagino en mi retina a ese joven sarrio, mientras la mirada de un conductor convertido en pensador inútil, descansa ya en los amplios páramos de Castilla y del Bajo Aragón. Es la ruta que lleva a los Pirineos, a las montañas, al pico de Cotata donde habita un amigo con el que tengo una cita especial.
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