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Qué mejor regalo de cumpleaños cabe para un cazador que comenzar una anhelada expedición de caza ese mismo día?
Esto fue lo ocurrido a dos de los cuatro cazadores del grupo expedicionario que formábamos Agustín Palomino (responsable del área de caza en ASAJA), J. Ignacio Ñudi (Director de Trofeo), Rafael González (responsable de publicidad en Trofeo) y un servidor.
Aterrizábamos en suelo argentino el 24 de abril del pasado año, día del cumpleaños de Ignacio y mío, coincidencia que ambos desconocíamos antes del viaje y que celebramos durante la cena con tarta y champán en "Montpellier", un coqueto hotel de Villa de Soto, donde nos alojamos la primera de las siete noches que pasamos en este privilegiado destino de caza menor.
El viaje fue programado con ocasión de la visita de Paco Riestra, amigo personal al que conocí en la década de los ochenta y al que no veía desde que hace diez años cruzó el charco atraído por las excelencias venatorias de este país de tantos recursos.
Como nuestra intención era constatar in situ las posibilidades reales de caza de las diferentes especies menores, especialmente de las de pluma, optamos por unas fechas (finales de abril) que nos permitieran hacer un recorrido de las especies preferidas por los amantes del puesto fijo: tórtola, paloma y pato, dejando una puerta abierta a la caza de perdiz con perro, como complemento.
La zona donde organiza las cacerías Paco, en las provincias de Santiago del Estero y Córdoba, reúne óptimas condiciones para todas estas especies, en especial la tórtola, con diferentes cazaderos en torno a su centro de operaciones, "la Macarena", lo que le permite variar cada día de escenario, y decidir el lugar más propicio para cada época del año.
El viaje
La fecha elegida permite organizar un programa variado, puesto que la tórtola, al estar considerada plaga, se puede cazar todo el año, igual que la paloma. El pato, de abril a septiembre, y la perdiz de mayo a agosto.
Como nuestro viaje coincidió con los momentos más tensos de la crisis argentina, Paco nos recomendó hacerlo hasta Córdoba vía Santiago de Chile para evitar volar a Buenos Aires, en cuyo aeropuerto se producían momentos de confusión que podían afectarnos para el traslado de las armas que todos, excepto Agustín, llevábamos. Esta decisión fue un acierto, ya que a pesar de resultar más pesado el vuelo (trece horas con escala en Chile) nos permitió observar por partida doble la cordillera de los Andes, un grandioso espectáculo con picos de nieves perpetuas que parecen competir por acariciar el cielo.
Cuando pisamos el aeropuerto de Córdoba, Paco Riestra y su equipo ya estaban esperando. La tranquilidad en el aeropuerto era absoluta, del mismo modo que lo era en las zonas rurales, cosa que pudimos comprobar un rato después.
La tramitación de las armas de realizó con la agilidad propia de quien ya está acostumbrado a recibir cazadores. Tras las presentaciones de rigor, ponemos rumbo a la capital, donde está previsto un almuerzo con las autoridades locales en materia de caza y nuestro cónsul en Argentina. Muy pronto comprendimos el abandono legal que la actividad cinegética sufre en este país. La actuación del correspondiente departamento de medio ambiente prácticamente se reduce a fijar las fechas de veda y a cobrar las licencias de caza. Y mejor que sigan así mucho tiempo porque las escasas disposiciones que recientemente han dictado, llevan el verbo prohibir en su enunciado. Norma que parece repetirse entre los funcionarios poco versados, en nuestro país y en otros tantos como éste, objetivo de nuestra visita.
Con disparidad de criterios sobre la valoración de la caza en su aspecto socio-económico y parte indeleble en la cultura de los pueblos, finaliza nuestro almuerzo con los burócratas y marchamos hacia Villa de Soto, situado en el noroeste cordobés. A nuestra llegada al hotel "Montpellier" nos encontramos con Vicente, José y Miguel Ángel, tres valencianos a los que acompaña un italiano, Sergio Reviglia, con los que cazaremos los próximos días en un ambiente muy cordial, como si nos conociéramos de toda la vida.
Esta era la décima vez que Vicente, José y Sergio cazaban con Paco Riestra y se desenvuelven en este ambiente como "Pedro por su casa".
Juntos formamos el grupo de cazadores que muy temprano, a la mañana siguiente, iniciábamos la primera jornada de caza en Argentina.
Aquí en Villa de Soto se encuentran los cazadores de paloma manchada, es algo menor que la torcaz, tiene las patas rojas y un plumaje de tonos grises. Su vuelo es más bajo que el de nuestra paloma, especialmente cuando sobrevuela el cazadero. Suelen volar en grupos de tres o cuatro o en bandos cuando se mueven hacia los comederos.
La caza de palomas
El lugar elegido para nuestro primer encuentro con la caza argentina fueron unos campos de mijo que habían dejado sin recoger, donde pastaba el ganado y entraban a comer palomas y cotorras. Resulta chocante observar estos bulliciosos bandos vestidos de verde chillón, que por centenares pululan entre la arboleda. Aunque no solo se permite su caza sino que se recomienda, la simpatía que despierta en nosotros estos "loros" nos frenaba.
No existían puestos preestablecidos, así que cuando llegamos al lugar en el que los secretarios ya aguardaban con un cajón de 500 cartuchos cada uno (Fiochi con perdigón del 5 y treinta gramos) comenzó el "baile". Enseguida se me acercó uno de ellos y me invitó a seguirle en una dirección. Nos situamos junto a una alambrada ganadera donde se apresuró a sujetar unas ramas verdes improvisando una pantalla. La intención es permanecer allí hasta media tarde, así que me acomodo lo mejor posible sobre el terreno, me coloco el chaleco de caza que enseguida rellena mi secretario con dos cajas de cartuchos y ¡acción!
En unos cuantos segundos tengo la posibilidad de tomar la medida a la primera paloma "manchada" que pasa a tiro. Su aleteo aparentemente pausado confunde sobre la ligereza de su vuelo y necesito media docena de ocasiones para "afinar" la puntería. Como no sé hasta qué punto responderá mi hombro a los culetazos en este día húmedo y caluroso, me he fijado un límite de 500 tiros para la primera jornada.
El disparo, en si, no implica ninguna dificultad una vez le coges el sitio y la frecuencia de oportunidades es suficiente como para no aburrirse en ningún momento del día. Aunque lógicamente hubo unos puestos mejores que otros, la media de cartuchos utilizados estuvo entre los 75/80 la hora. Los secretarios contaban aciertos, dando por buenas todas las palomas derribadas, aunque cayeran a distancia.
A medida que el suelo se salpica de palomas, éstas hacían de cimbel, dando aún más confianza a las otras que entraban en picado. Las piezas abatidas se recogen al finalizar la tirada y se distribuyen entre los auxiliares y la población local. Antes de retirarme del puesto hice recuento de lo "cosechado".
Había tirado 600 cartuchos (100 más de los previstos) para abatir 334 palomas. Una cifra jamás alcanzada por mí en una sola jornada, tanto en tiros como en piezas cobradas, y que es, en estos tiempos, prácticamente imposible de lograr en España.
Mi hombro no da síntomas de estar castigado. La elección de la semiautomática, una "Browning Gold" con escape de gas y las pruebas, previas al viaje, para ajustarla a mis necesidades, han dado estos frutos y me siento capaz de tirar otros quinientos. Pero eso puede aguardar porque aún queda el "postre" especial del día, un "asado argentino" con unos chuletones que sólo pueden degustarse en un país de tantos recursos como este. Privilegiado en lo agrícola y ganadero, es capaz de generar dos cosechas al año, una cabaña ganadera sobresaliente y un "maná" cinegético inagotable. Hasta ocho veces puede criar la tórtola en los años de mejores cosechas, y cuatro la paloma. No es de extrañar, por tanto, que sean consideradas plaga y que esté permitida su caza todo el año. Incluso en algunos lugares se ven obligados a envenenarlas masivamente para evitar que arrasen los cultivos.
El segundo día de palomas lo dediqué a hacer fotos. Había que compaginar el deber con la "devoción". Ante la tesitura de combinar la caza y fotografía, todavía domina más la primera, así que para evitar tentaciones decidí intercalar un día de caza y otro de "trabajo", y no me arrepiento de ello.
El segundo día
Esta vez nos trasladamos a otro cazadero muy distinto, donde predominaba la alfalfa con linderos de arboleda. Por la mañana recorrí los puestos de "los plumillas" con la intención de fotografiarlos en acción. Los valencianos y el incombustible Sergio, se habían quedado kilómetros antes y el eco de sus disparos llegaba hasta nosotros con el acelerado ritmo de los ojeos de postín, de los de antes, en los "santuarios" perdiceros de Toledo.
Ñudi seguía con sus "experimentos" con tiros largos, trayectorias difíciles y dobletes seleccionados. Parecía como si su creciente atracción hacia los recorridos de caza, hubiera transformado su instinto cazador en el de un purista del tiro, con interés por las trayectorias complicadas, las largas distancias y la obtención de dobletes.
Decía aburrirse con tanta abundancia, hasta el punto que, por la tarde, cuando Paco nos llevó a otra zona cercana en la que proliferaban las parcelas de alfalfa y volaban palomas por doquier, cuando más se intensificó el paso, se aburrió y dejó de tirar al agotar el cajón de 250 cartuchos.
Otros, desbordados por tanta paloma revoloteando, cebada en el lugar, se dieron un atracón de tirar entre una atronante melodía con olor a pólvora.
Vicente y Pepe marcaban el compás de tan incesante disparadero con maestria, con certeros disparos en todos los ángulos y situaciones posibles, dando una exhibición de lo que puede dar de si el calibre 20, del que son fieles usuarios.
Sergio no tenía su tarde y desesperado por los fallos cometidos soltaba improperios en italiano. Rafa hacía su guerra particular cual lobo solitario a la sombra de un árbol. Tan sólo me faltaba inmortalizar a Agustín, así que fui a su encuentro siguiendo el camino donde cuatro niños llegados en "bici" cargaban las bolsas que colgaban del manillar con las piezas derribadas, un suculento manjar que nosotros también degustamos días después.
Por fin encuentro a Agustín sumido en el dilema del novato: ¿tirar por delante o tirar a "dar", tirar por arriba o por abajo? El caso es que el hombre no les sacaba ni las plumas, y, desesperado, quería pasarme la "herramienta" a toda costa. Evidentemente no le dejé y con algunas indicaciones básicas el, hasta entonces montero, halló el "sitio" certero. El caso es que fue calentándose y derribó finalmente por encima del centenar. Le cogió tal "gusto al dedo" que el último día, a tórtolas, llegó a tirar un cajón de 500 cartuchos con buen rendimiento.
Un paraíso de acuáticas
Esa misma tarde y aún con el sol, nos trasladamos a Sumampa, en la provincia de Santiago del Estero, donde nuestra cita eran los patos. Allí el río Dulce, con la llegada de las lluvias inunda una inmensa zona de pastizales que llaman "bañadas", nuestro siguiente destino de caza y el de miles de aves acuáticas que acuden a este paraíso palustre a alimentarse.
Sumampa es un minúsculo pueblecito, el más cercano al "paso de los Oscar", un atracadero del río Dulce desde donde partiremos hacia los "bañados". Nos alojamos en un modesto hotel, el único, y tras el tiempo justo para cenar, nos fuimos a la cama.
Horas después, todavía de noche, llegamos al embarcadero. Allí nos enfundamos los vadeadores que algunos sudaron para adaptar a sus "musculosos" cuerpos. En cuatro lanchas fueraborda remontamos el río con algunos sustos, de obstáculos que hay que sortear. A medida que avanzamos, la corriente aumenta. El ambiente es muy desagradable, empieza a llover y el viento arrecia pero el ánimo no decae. La sola idea de ir de patos encandila a cualquiera de nosotros. A los valencianos por la tradición que en Levante hubo por esta caza y, a nosotros, por lo casi imposible que resulta participar ahora en una tirada de patos en España.
El amanecer nos sorprende aún de camino y pronto adivinamos las siluetas de centenares de anátidas surcando el cielo. Un sin fin de sonidos apagan el rumor del río. El espectáculo nos embarga, el único vestigio de humanidad en lo que alcanza la vista, son los restos de unas cabañas de adobe en ruinas. Da casi reparo irrumpir en un paraje tan virgen.
Hugo Pascuetini, el hombre de confianza en estos lares, nos marca la zona elegida en esta extensa área lacustre de más de 50.000 ha que controla nuestro anfitrión.
Esta mañana me quedo sin disfrutar del momento intenso de la caza. Las botas que Miguel Ángel y yo llevábamos (hasta la cintura) no eran bastante seguras para adentrarse en las aguas, así que a los dos nos dejaron en una lengua de tierra firme desde la que observábamos las grandes hileras de cormoranes, ibis, maiceros, siriris y crestones como si transitaran por una gran autopista imaginaria, que pasando a unos centenares de metros de nosotros llevaba hasta donde aguardaban nuestros compañeros, bien camuflados por telas mimetizadas, dispuestos a darles caza.
Transcurre la mañana mientras me entretengo en "adornar" el puesto a mi antojo con distintos ramajes. Me recreo haciendo fotos del paisaje y de algunas aves limícolas que merodean por la orilla. El eco de las detonaciones se prolonga a lo largo de la mañana. Cuando nos recogen, vienen eufóricos, todos han pasado el centenar de tiros y las abultadas perchas son la inequívoca prueba del buen resultado. Vuelta al embarcadero, y un suculento almuerzo con siesta incluida en cómodas hamacas, en una casa de ganaderos del lugar, restablece las fuerzas para la tirada de la tarde. Ante nuestra sorpresa se coloca la línea de puestos paralela al camino de entrada al "Paso de los Oscar". De nuevo me toca quedarme en tierra, esta vez sobre la misma pista, en la retranca de la línea de tiradores situada a 200 metros por delante. El sol comienza su imparable caída sobre el horizonte produciendo una gama de rojos y violetas que embelesan al espectador. De nuevo dedico estos momentos a captar tan bello espectáculo.
Pronto, los patos comienzan su peregrinar hacia los comederos, aumentando su número a medida que cae la tarde. Las detonaciones se intensifican hasta que la oscuridad se adueña del lugar. Vuelta a Sumampa, cena y al hotel.
El siguiente día de patos nos levantamos antes, a las cuatro de la mañana, pero la avería de una motora nos obliga a hacer dos viajes y "los plumillas" de nuevo nos perdemos el amanecer en el cazadero.
El amanecer esta vez es espectacular. El cielo está despejado y las siluetas de los patos, que entran en bandos, se dibujan sobre el fondo naranja del horizonte. Siriris, crestones, maiceros, patos "banderita" (pico azul) y cercetas, entre otros menos numerosos, amerizan junto a los que chapotean ya en el agua.
Interminables bandos de cormoranes nos sobrevuelan como ajenos a lo que se avecina. Esta vez Agustín, tan previsor como siempre, me deja un vadeador que ha traído de repuesto y me incorporo a la línea de tiro de cazadores entre Ñudi, Rafael y él. Apenas he colocado la tela de camuflaje entre unos troncos secos que me hacen de puesto, y veo a Ñudi hacer el primer doblete a unos crestones que volaban casi a ras de agua. Un gran alboroto se forma a nuestro alrededor y al poco hago lo propio con dos cercetas que invaden mi línea de tiro. El escenario es grandioso y las idas y venidas de los patos te mantienen en tensión toda la mañana. No cabe duda de que el pato tiene algo especial que le hace muy codiciado para todos nosotros. Ñudi confiesa que con estos lances no se aburre y que "le enganchan por su salvajismo y la belleza de su hábitat" ¡toma y a quien no!!!
Acabamos la mañana con una treintena de patos en nuestras perchas, gozosos de tan magnífica vivencia.
Decidimos salir a medio día hacia Córdoba. Con el madrugón estamos cansados y preferimos hacer parte del camino con la luz diurna. Así que, tras las fotos de rigor y adecentarnos un poco, salimos hacia "La Macarena", centro operacional de Paco, distante 120 kilómetros de Córdoba capital. Pese a que desde que se presentó al mercado americano, hace cinco años, estos cazadores copan el 90% de su calendario, a nuestro anfitrión le gusta presumir de español y disfruta cuando recibe a grupos de compatriotas. Los nombres de sus dos estancias, "La Macarena" (por la canción) y "el Rocío", se corresponden con el cariño que siente por su país.
Nos contó que no le gustaría que su programa se viera copado por el mercado americano y preferiría destinar un 10% de sus cacerías a grupos españoles con los que se siente feliz.
El año pasado recibió a 400 cazadores, mayoritariamente estadounidenses, que tiraron 1.400.000 cartuchos.
"La Macarena" tiene capacidad para 16 plazas y está ubicada en Santa Rosa del Río, a 20 km de "El Rocío", estancia capaz de albergar a seis personas.
Tórtolas sin límite
Podríamos decir que el límite por jornada para la caza de tórtolas no existe, simplemente hasta que el hombro aguante, es decir, cada uno se fija su propio límite.
Nos quedan dos días de caza, y como Paco quiere probar un nuevo coto, de 3.000 ha. para la caza de perdices, que tiene a tan solo 30 km. desde "La Macarena", vamos a dejar la última tarde para probar esta variedad de caza auxiliados de perros de muestra.
Pero sin duda, el plato fuerte comienza mañana con la más abundante especie de pluma de este país. Es la pieza de moda entre los estadounidenses, de hecho el record del mundo está en posesión de un norteamericano, jugador profesional de béisbol, que con tres automáticas y dos cargadores, llegó a abatir 5.000 tórtolas en un día. Entre los clientes de Paco el récord lo posee otro norteamericano, el californiano Brat Peters, con 4.332 tórtolas y 6.200 cartuchos disparados, en un día óptimo y tirando de sol a sol con dos escopetas del 20.
Personalmente esperaba nervioso el momento del encuentro con estas tórtolas que ya había tirado dos años antes en Uruguay, en grandes bandos de paso hacia los dormideros, con cartucho inadecuado de 36 gr. y una pólvora pasada que descentraban a cualquiera que sobrepasara los 200 tiros.
Esta vez nos suministraron cartuchos de 28gr. del 7'5 que, como pudimos comprobar, daban un juego perfecto.
Me plantee aprovechar la ocasión para tirar con interés, sin aceleraciones, pero tratando de sacar partido a las oportunidades presentadas.
Por la mañana nos colocamos en un campo de maíz recientemente segado, junto a unos eucaliptos que me daban sombra. Los primeros bandos entraban con aire de cola a pocos metros del suelo y con constantes bandazos.
El comienzo no pudo ser peor, con la primera caja de 25 no pasé de la media docena de aciertos. Me superaban en velocidad y era incapaz de coger el "sitio". Estas situaciones me enrabian y me hacen reaccionar como así pasó. En la mañana tiré 500 cartuchos y derribé 339 tórtolas. A medida que fui tirando me encontré mejor y a media mañana sentía la escopeta como la prolongación de mi brazo. Tuve momentos excitantes con disparidad de trayectorias, velocidades y todo tipo de situaciones que me mantuvieron en tensión toda la mañana.
Por la tarde, como acostumbra Paco en sus tiradas, cambiamos de sitio. Pero antes pasamos por "La Macarena" donde nos esperaba una magnífica parrillada que nos aportó energía y calorías como para aguantar otra semana. Dimos tiempo al tiempo con un buen rato de sobremesa en el que hicieron creer a Paco que yo llevaba 800 cobradas, a tan solo 200 del millar, la cifra mágica para los americanos, ya que les permite recibir un galardón de metacrilato y su ingreso en el Club de las 1.000. Yo les seguí la broma, lo que motivó que Paco no dejara de visitar mi puesto durante la tirada de la tarde.
Me tocó un puesto a mi medida, de los que permiten ver venir los pájaros, que entraban generalmente escorados de derecha a izquierda.
Es de esas veces que te sientes cómodo tirando. La entrada racheada de tórtolas apenas me daba opción a cargar la repetidora con los tres cartuchos de rigor. Paco iba y venía entusiasmado de ver como derribaba las tórtolas.
Con el calor que hacía y la tensión del momento, rompí enseguida a sudar. No cambiaría ese momento por nada del mundo, estaba en mi salsa, sin escatimar disparos a todo cuanto pasaba a tiro, largas, cortas, volaran más altas o más bajas. Tan solo paraba a intervalos para enfriar el arma cuando el guardamanos me quemaba. En estas situaciones es cuando uno se da cuenta de la necesidad de utilizar dos escopetas. El caso es que yo tenía sólo una y tenía que procurar que aguantara hasta el final esta dura prueba. Las manos las tenía tiznadas como un carbonero y la cara, al parecer, tanto o más. El escape de gases alivia el culatazo, pero por el contrario, escupe carbonilla (residuos de la pólvora quemada).
A media tarde ya había sobrepasado las 200 (teóricamente 1.000 en el día) con lo que me llovieron felicitaciones ante la mirada sorprendida de Paco que observaba como no hacía ademán de parar. La broma la continuamos hasta poco antes de cenar, cuando llego la hora del recuento de cartuchos y se enteró que había utilizado sólo 500 por la mañana en lugar de los 1.200 pregonados. Eso era lo de menos, lo significativo es que habíamos pasado un día genial. Yo diría que excitante, que me sirvió para confirmar que mi atracción por la caza menor no tiene límite conocido y que más que afición yo me atrevería a calificar como pasión. Esa tarde, que no olvidaré nunca, hice 560 tiros para abatir 394 tórtolas.
En total ese día pasé de los mil tiros, mil sesenta exactamente y derribé 733 tórtolas. Un excelente porcentaje que posiblemente no alcance más.
Al día siguiente, último día de caza, apenas había amanecido en "La Macarena" cuando estábamos desayunando y poco después camino de un maizal donde pastaban plácidamente las vacas y estaba repleto de tórtolas de dos tamaños. Una de ellas, la enana, cabía en la palma de la mano. A mi me tocaba sesión de fotos y después de acabar dos carretes me fui a buscar a Agustín para colocarlo en un excelente paso. Es sin duda el día que mayor concentración de tórtolas he observado. Ñudi tiraba a ratos intercalando la caza con la fotografía. Rafa, en un puntal, no paraba de darle gusto al dedo y Agustín reconoció haber tirado más cartuchos que en los cinco últimos años. Ni que decir que su soltura había progresado hasta tal punto que se atrevía ya con los dobletes. Fue sin duda un excelente postre de nuestra andadura cinegética en Argentina.
Por la tarde pasamos unas horas en el coto de perdices. Tenía buena densidad de perdiz chica, que los perros, dos pointers bien adiestrados, fijaban con firmes muestras. Esta perdiz, de plumaje muy parecido a nuestra codorniz y el doble en tamaño, aguanta y tiene un vuelo muy parecido a nuestra inquilina africana.
Para quien disfrute de la caza con perro es un complemento muy recomendable.
Esta última noche, por comodidad nuestra, viajamos hasta Córdoba capital para, aprovechándonos del bajo cambio del peso argentino (3'5 pesos por un dollar americano) alojarnos en un céntrico hotel de cinco estrellas por algo más de 30 euros, en habitación doble de uso individual. Sin duda mereció la pena. Como también merecieron la pena y mucho, estos días disfrutados en este país que permanece sumido en una crisis económica absurda que no concuerda con sus abundantes recursos, que incluye la caza.
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