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Por esta razón, tuvieron lugar, el pasado mes de diciembre, las jornadas cinegéticas Altube. La provincia de Guadalajara sirvió como platea para una reunión entre cazadores y profesionales de los estudios genéticos centrados en determinadas especies cinegéticas. Con ello se pretendió aclarar una cuestión que trae de cabeza a criadores, científicos y cazadores. No es otra cosa que la tan aclamada y anhelada "pureza" genética de la perdiz roja española. Vericuetos de un planteamiento cuestionable que trata de poner de manifiesto que Alectoris Rufa sólo hay una. Sin embargo nuestra gallinácea responde a un complejo entramado de demostraciones que nacen de la investigación y que, sin lugar a dudas, ponen más de manifiesto, si cabe, la irrealidad que supone su unicidad como especie "pura".
Son infinidad los estudios que se han realizado para intentar llegar a una conclusión acerca de este planteamiento ubicuo. Cada cuál es ajeno a la realidad del otro y expone sin cortapisas los resultados de su investigación. Una forma de sembrar la duda que genera esos sinsabores que después el cazador tiene que experimentar a pie de campo.
De concreta filogénia, la perdiz roja se pierde en la hoguera de los tiempos cuando se trata de su "pureza" genética, ya que no es algo tan claro como puede parecer a simple vista. Las patas rojas no son un rasgo exclusivo de nuestra gallinácea, sino que existen otras tres especies más de perdiz que poseen esta característica (la perdiz griega, la chukar y la moruna) y con las que la roja puede cruzarse. Como es obvio, entre ellas existen muchas diferencias fenotípicas o de aspecto y, por supuesto, son muy dispares sus comportamientos en el campo.
Se trata de un ave que ha despertado cada vez un mayor interés en el sector cinegético, de modo que en los últimos años su demanda se ha incrementado de manera considerable. En este sentido, y debido al aumento de la presión que ejerce la caza sobre la especie con relación a lo que se pretende cazar en cada finca, no existen suficientes ejemplares para llevar a cabo tamaña empresa. No cabe duda de que las poblaciones perdiceras en nuestro territorio están sufriendo una progresiva involución, que no es si no reflejo de la situación que se vive en el campo. La protección legal de la que gozan los depredadores es un agravante de la desaparición de la perdiz roja en nuestros montes, ya que su actividad consiste en continuar la cadena trófica sin competencia alguna. Sin duda, la climatología ejerce también su función negativa, pero es la actividad agrícola la que está generando mayores estragos en la comunidad de Alectoris Rufa. Los nuevos métodos de cultivo, la concentración parcelaria, el empleo de química en los abonos, los plaguicidas? la realidad supone una mortandad que oscila entre el 60 y el 65%.
Por todas estas causas no se puede contemplar un mantenimiento sostenido de la perdiz de forma salvaje. Los motivos que se esgrimen son suficientes para la implantación de la cría de perdiz y lo que de ello se deriva: modificaciones genéticas que proceden de la cría en cautividad (aunque los cruces se realicen exclusivamente entre autóctonas), ya que no es la selección natural la que interviene, sino el criterio del criador.
Como cabe esperar, todo cazador que se acerca a tirar perdiz, espera de esta el mejor comportamiento. El vigor natural, ánimo de potencia en su vuelo, esencia de bravura, fortaleza salvaje? son algunas de las características que definen a la verdadera perdiz autóctona. Cualidades que en el campo se desarrollan de manera natural, pero ¿se suceden estas características en la cría en cautividad? La polémica esta servida y es momento de exponer los planteamientos científicos acerca de la cuestión "pureza" que se mostraron en las jornadas Altube. A la cita acudió, desde la UCM (Universidad Complutense de Madrid), Javier Cañón, especialista en genética de la Facultad de Veterinaria. Sus estudios acerca de la genética de la perdiz roja emiten un veredicto: "la definición de un patrón genético para una especie pura requiere un grado de consenso difícilmente alcanzable" de modo que "puede ser más sencillo plantear la hipótesis de falta de pureza que hablar de pureza", es decir, que a través de los estudios del ADN de diferentes muestras de perdiz roja, se puede concluir que estas estén hibridadas o cruzadas con otro tipo de perdiz, la ausencia de hibridación nos llevaría a aceptar la pureza genética de esos ejemplares Para llegar a esta conclusión, Cañón plantea la detección de la introgresión genética en nuestra perdiz roja. Por introgresión se entiende la introducción en una población de genes de otra diferente.
Para llevar a cabo este análisis, la ciencia ha desarrollado unas herramientas de genética molecular que se denominan marcadores de ADN, que permiten la identificación individual y con ello se puede determinar si un individuo está hibridado o no.
Huellas genéticas
Casi todas las comunidades autónomas recogen en sus legislaciones el rechazo a las repoblaciones con animales hibridados, sin embargo la hibridación en ciertos casos pasa desapercibida a golpe de vista, pero no en el momento de la caza, cuando el animal no responde como debiera. Estas repoblaciones "ilegales" afectan a la "pureza" genética de las autóctonas, que cada vez sufren mayores modificaciones en todos los aspectos. El problema consiste pues en detectar la presencia de genomas foráneos en la especie que después va a ser liberada a la naturaleza.
Para llegar a sus conclusiones, Javier Cañón ha dispuesto de una serie de técnicas basadas en la detección de marcadores de ADN (RFLPs, RAPD, AFLP, STRs o microsatélites? ver figura 1.) que pueden permitir la discriminación entre especies. Algunos de estos marcadores son especialmente útiles en especies de las que se conoce poco su genoma y generan patrones de bandas (huellas genéticas), algunas de las cuales pueden identificarse como propias o específicas de una especie. De modo que si esa banda característica de ADN se presenta en el análisis de cualquier individuo, éste pertenecerá a tal especie o indicará que en su genoma participa el de la especie de referencia. Es de este modo como se conoce, a través del análisis genético, si una perdiz roja está hibridada con una griega, por ejemplo, ya que en el patrón de bandas de ese ejemplar, aparentemente de perdiz roja, aparecería la banda o bandas características del ADN de la perdiz griega (ver figura 2).
El problema de la introgresión se puede enfocar desde dos perspectivas diferentes: se puede excluir, es decir, rechazar la integridad genética de un individuo a una especie, o bien, se puede asignar probabilísticamente la pertenencia de un ejemplar a una determinada población (ver figura 3). Ambas no son exactas, pero dan una buena aproximación de la genética de un individuo, es decir, si pertenece a una especie u otra en caso de que esté hibridado.
Gracias a su estudio, Cañón concluye que "nadie puede definir una población exclusivamente, ya que el concepto «población» es algo subjetivo". Según se deriva de su análisis, "es una labor casi imposible identificar a la auténtica perdiz roja porque no existe una auténtica perdiz roja, sino muchas perdices rojas", ya que cada ejemplar es diferente del resto de ejemplares de su especie, cosa que no quiere decir que no exista la perdiz roja como tal.
Parece evidente que no se trata de una pauta genética concreta que defina a la Alectoris Rufa, sino que lo que se debería hacer es poner un límite para conocer las diferentes poblaciones que existen. En cualquier caso, lo que se pretende es garantizar la ausencia de genomas pertenecientes a otras especies por lo que, de momento, la mejor estrategia sería identificar esas poblaciones foráneas y garantizar la ausencia de hibridación con ellas.
Es frecuente recurrir a las especies reconocidas, a saber: A.R. hispánica Seoane, que supuestamente cría en el norte y oeste de España, y la A.R. Intercedens Brehm, que cría en el este y sur. Sin embargo, estas clasificaciones son del siglo pasado y no se les puede asignar representatividad alguna, ya que no pertenecen a la historia genética reciente. La evolución natural y los cambios que se han derivado de las hibridaciones, provocan modificaciones drásticas en las frecuencias de los genes, de tal manera que la distancia genética entre la población actual y la representada en las colecciones de museo, puede ser considerable, cosa que no significa que hoy exista menos "pureza". Según Cañón, este término se ha de definir para llegar a alguna conclusión.
Tras este repaso al sueño de todo cazador acerca del utópico mapa genético de la perdiz roja pura, es necesario hacer mención a su cría en cautividad. Parece evidente que no se puede aislar una perdiz única, aunque ello no debe suponer una merma de las capacidades naturales anteriormente mencionadas. El dato de referencia para los criadores se basa únicamente en el empleo de reproductores que respondan a las características que el cazador busca. El número de generaciones que mantienen la marca genética deseada está por definir, sin embargo no cabe duda que los cruces entre las aves procedentes de padres salvajes, son genéticamente tan salvajes como sus progenitores. A pesar de esto, como cabe esperar, la herencia genética es algo que el entorno modifica. Debido a esto, la perdiz roja autóctona suele recibir una herencia en su cría que está influida por lo que acontece en su entorno, es decir, está acostumbrada a los comederos, tiene un espacio que ha de compartir con varios grupos de perdices? cosas que modifican su comportamiento y se transmite de unas generaciones a otras a pesar de que los progenitores fueran salvajes. A todos los efectos, la cría a partir de productoras cogidas del campo, está suponiendo unos efectos positivos en esta ardua empresa de la repoblación. Las generaciones que se obtienen de estos cruces a partir de ejemplares salvajes, responden de modo similar, una vez puestos en libertad, ante los depredadores, y sus características de bravura y actitud salvaje se aproximan en buena medida a la perdiz nacida en el medio natural. Independientemente de su condición de pureza o impureza genética, los criadores, a partir de su selección, están dando con "la clave" de las pretensiones de los aficionados a la caza de la perdiz.
Y como uno de los símbolos de la caza, la Alectoris Rufa seguirá siendo la comidilla de los foros de debate. En definitiva, un expediente X en el que todos quieren participar y donde están en juego los intereses de quienes desean hacer de esta especie ininteligibilidad para llevarse el gato al agua, mientras los cazadores se enfervorizan por encontrar la otrora supuestamente brava perdiz roja.
UNAS JORNADAS COMPLETAS
Además de las exposiciones que se hicieron tal y como se comentó anteriormente, las Jornadas Altube sirvieron para poner a prueba a su nueva generación de perdices y, por supuesto, a los periodistas que acudieron a afinar puntería.
La frase ¡es posible! fue la gratificante conclusión a la que llegamos los participantes (periodistas especializados de todos los medios de comunicación) al finalizar estas primeras jornadas Cinegéticas Altube, con una dura sesión de caza, que la perezosa niebla recortó a algo más de tres horas sobre un campo embarrado y bajo una pertinaz lluvia, que nos caló hasta los huesos.
Ese tiempo fue más que suficiente para constatar la bravura y le indómito carácter de esta perdiz que puebla las tierras de labor y el monte que corresponden al municipio alcarreño de Malaguilla.
Hace tan solo tres temporadas que sobre aquel término, donde no quedaban más que zorras y otras alimañas, se realizó una repoblación de perdices, gestionada por el grupo Altube. Se trata de aves, que procedentes de sus centros de cría, se destinan a cacerías y repoblación de cotos de nuestra geografía.
Descendientes en tercera generación de perdices silvestres, aquellas patirrojas, con una buena gestión, criaron en el campo y han dado paso, tres años después, a unas perdices silvestres que no sólo mantienen la genética de sus "abuelos", sino que recobran el comportamiento que todo cazador ansía e identifica con la reina de las especies menores.
Absolutamente todos los periodistas asistentes a esta "prueba de fuego" con que se culminaba el proceso experimental iniciado tres años antes por el grupo Altube, expresaban su satisfacción por el natural comportamiento observado en las perdices avistadas.
Los campeones de caza Ismael Tragacete y Francisco Sanz García (Parrita), que también participaron en la cacería, elogiaron igualmente la bravura y el instinto salvaje de los bandos encontrados. Tragacete, al finalizar, con la espontaneidad que le caracteriza, exclamó: "me han chuleao como han querido. Han podido conmigo", comentario realmente elocuente.
Este comportamiento de perdices procedentes de ejemplares desarrollados en centros de cría, confirman que partimos de perdices silvestres como base fundamental para la cadena de producción controlada de siguientes generaciones. Al menos hasta su cuarta generación son capaces de comportarse como en libertad como sus "abuelos": crían y se reproducen en el campo, mantienen la genética de sus antecesores y, lo que es tan importante o más, recobran su enérgico carácter, esa bravura que ha hecho famosa a nuestra perdiz roja en todo el mundo.
Se trata de un paso fundamental para asegurar el futuro de esta pieza emblemática de nuestras especies de caza, un logro que nos permite hablar de un futuro cierto para la perdiz roja.
Cazadores de talla
La jornada de caza, pese a las condiciones adversas ya expuestas, resultó muy competida. Calambres, tirones, incluso alguna "pájara", hicieron mella en los periodistas, que dieron el "do de pecho" para tratar de ganar terreno a las escurridizas perdices que tomaban las de "villadiego" al menor indicio de peligro. Todo un reto que cada uno trató de resolver lo mejor que pudo emulando a los dos campeones que, enseguida, inauguraron la cuenta de capturas. Sobre todo Parrita, que apenas había abandonado el pueblo y ya sacó dos perdices al primer bando que encontró, para finalizar con una docena, bastante antes de concluir el tiempo marcado.
De entre los periodistas, Ignacio Contreras se portó como un "titán". Las siete perdices que entregó a su llegada le colocaron el primero de la lista. Nuestro Director, que no está en su mejor momento de forma, defendió con soltura su reputación como cazador al salto y cobró cuatro perdices y dos codornices de doblete, que le situaron en segunda posición en la tabla. Primitivo Benítez, no por ser mal cazador, sino por mala suerte, cazó sin perro y perdió tres perdices de las cuatro que derribó.
Al final, entre anécdotas y relatos de los lances vividos, se dio paso a una opípara comida que hizo recuperar fuerzas a los participantes. Como broche final, se cerraron las Jornadas con la entrega de unos premios en un buen ambiente de camaradería.
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